En el recuento del 2014 me gustaría escribirte sobre las cosas buenas que dejó el año. Hablarte, para empezar, de todo lo que aprendí y de cómo eso me ayudó a ser un mejor hombre. Decirte, con algo de orgullo y vanidad, que viví al filo de la navaja: desafiando dogmas y rompiendo clichés. Dejar constancia de la suerte que tuve al alcanzar aquellas aspiraciones de principios de enero.
Lo cierto, sin embargo, es que no tengo la certeza de que
los últimos hayan sido meses buenos. Ahora que reflexiono desde la serenidad de
estos días, creo reconocer que en 2014 no tuve la fuerza suficiente para hacer por mis
sueños. A veces fue por el miedo de vivir en los supuestos, a veces por los
desalientos de las circunstancias.
Y mientras te comparto aquello que es sano reconocer, me
pienso como un aventurero que, durante los últimos 12 meses, fue objeto de uno
y mil embates. Mis temores y los propios acontecimientos de la vida se
obstinaron en apedrearme. Al final mi espíritu quedó algo abollado… Pero aquí
estoy: de pie.
Tú sabes que tiendo a dramatizar los hechos. Por eso, en aras
de procurar cierta objetividad y con el ánimo de poner al 2014 en perspectiva,
debo reconocer que no todo se trató de esquivar piedras. También tuve la
fortuna de estar en el lugar correcto.
Destaco, por principio de cuentas, las muestras de cariño
que me entregaron mis padres y hermanas. Me acuerdo que hubo días en que,
después de haber llorado por dolores que creí injustos, encontré palabras de
consuelo y solidaridad en mi familia. Por eso (en este caso) sí tengo la
certeza de que estuvieron ahí cuando parecía que las circunstancias me
doblegaban.
Cómo olvidar, por otro lado, aquellas tardes del año cuando tuve
el inmenso honor de sentarme a la mesa con los hombres y las mujeres que toman
las decisiones más importantes de política pública en México. Además de
escucharlos, tuve la osadía de compartir ideas e inquietudes propias. Estas
dinámicas, te confieso, erizan la piel y sensibilizan el juicio.
Por la importancia que tienen en mi vida, pienso también en
mis amigos. En lo que a ellos respecta, este año no fue diferente a otros y,
por suerte o destino, compartí un sinfín de aventuras con ellos: brindamos con
mezcal cuando cumplí 36 años, caminamos bajo el sol despiadado de Juchitán
cuando uno de ellos se casó y hasta tuvimos el tino de reunirnos para hablar de
la situación política de México. Algo bueno tuve que haber hecho en otras vidas
porque sé que tengo a los amigos más leales y divertidos que jamás pude haber
imaginado.
Ahora que el 2014 se acaba y que un nuevo año está por
llegar, tengo miedo de que al encontrarnos no me reconozcas. Soy diferente a la
imagen que de mí quise construir. Soy más práctico y menos soñador. Ahora prefiero el silencio
a la palabra y he desarrollado una intolerancia profunda a las deslealtades.
Pero, para tu tranquilidad, no todo ha cambiado. Aún
conservo rasgos característicos que en 2015 te hablarán de la misma persona que he procurado ser: un hombre de palabra que cree en las lealtades, que
admira el sentido común y la inteligencia, que aprecia la discreción y la
honestidad, y que sabe dónde está parado y a dónde quiere llegar.