Muchas coincidencias para ser un sueño. Ni qué decir de las emociones que removió.
Todo sucedió en el día de nuestra boda, cuando en el sermón de las nupcias me retiré del lugar. Pensaba que mi presencia no era necesaria en ese momento.
Ya afuera, caminé a la casa de huéspedes que colindaba con el lugar donde tú permanecías escuchando al padre que oficiaba la misa de nuestra propia boda. La verdad no sé por qué decidí irme de ahí.
En el algún momento recibí una llamada a mi celular. Una voz agitada me apresuró a regresar a la capilla. El sermón había terminado y mi presencia era necesaria para consumar el enlace matrimonial.
Había perdido la noción del tiempo. Apurado, colgué e intenté salir de la casa de huéspedes. No pude abrir la puerta principal. Estaba envuelto en una cobija que hacia la función de camisa de fuerza. Grité desesperadamente por ayuda. Algunas personas que vi por una ventana voltearon desde afuera al interior de la casa de huéspedes, pero no hicieron nada para socorrerme.
Después de un esfuerzo decidido, la cobija cedió y pude abrir la puerta. Corrí hacia ti.
No te encontré en el altar. Tampoco estaba el sacerdote. Solo vi a personas que ocupaban lugares reservados para las y los padrinos. Entre esos asientos estaba mi papá.
¿Había sido él quien me llamó para pedirme que regresará? No tengo la certeza de que así fuera. En todo caso, recuerdo que me dijo que tú estabas en un cuarto al fondo de la capilla, arreglándote para la consagración de los votos.
Rápidamente me moví entre la gente para ir contigo. Se me atravesaron algunos familiares, tu mamá y muchas amigas tuyas. Todas ellas enfilaban al lugar que les correspondía en la ceremonia.
Después de esquivar personas, entré al cuarto donde estabas. Te vi inmediatamente, traías puesto un vestido blanco, largo, muy elegante, que se ceñía a tu cuerpo. Te veías hermosa.
Me acerqué a ti y con la naturalidad que les corresponde a aquellos que se pertenecen me explicaste que te estabas cambiando para seguir con el intercambio de anillos. No estabas enojada ni impaciente.
Cuando terminaste de cambiarte, caminamos para salir del cuarto. Antes de hacerlo, nos encontramos con un mesero y aprovechaste para decirme que tenías sed. Fui yo el que le pidió un vaso con agua y él lo trajo inmediatamente. Bromeé comentando que, junto a mi lado, siempre cuidaría de ti.
Salimos para terminar la ceremonia nupcial. Era de noche. Había mucha gente. Todos eran amigas y amigos tuyos. Todos eran jóvenes y estaban felices. De repente sentí una efímera nostalgia por la ausencia de mis amigos. Pero más allá de ese sentimiento pasajero, prevalecía en mí un profundo orgullo: estabas a mi lado.
En algún momento de la fiesta, te sentaste en mis piernas. Mientras veíamos las estrellas y los juegos artificiales, me dijiste que querías quedarte un día más en tu ciudad, en el lugar donde estábamos celebrando nuestra boda.
Asentí. Colgada a mi cuello, así te quiero.