22 de marzo de 2023
Ayer tuve un peculiar sueño:
Celeste apareció con una sonrisa de ensueño. El motivo justo para
sacudirme.
La historia empieza en una
oficina de patios abiertos, llenos de vegetación de selva, en lo que presumo era
una ciudad del estado sureño de Guerrero.
Yo estaba inquieto, observando cómo el gobernador del estado seleccionaba de entre una pila de
currículas a las personas que integrarían su gabinete. Mi angustia crecía gradual y progresivamente porque Carlos, mi primo, era el secretario particular del gobernador e influía,
no sé de qué manera, en la revisión de los perfiles.
En algún momento de la jornada
me acerqué a mi primo y le pedí que intercediera ante el gobernador para que me
diera audiencia. De alguna manera creía que mis palabras, pero sobre todo mi antigua
relación con él, serían suficientes para convencerlo de que me seleccionara para
acompañarlo en las tareas de gobierno. Cuando se lo pedí, Carlos estuvo de acuerdo en interceder
por mí. Sentí que era una vaga promesa.
Las horas pasaban y yo no
podía hablar con el gobernador. Enojado con mi primo, después de observar que
el gobernador abandonaba la mesa donde revisaba las currículas para ir a otra
reunión, me acerqué para colocar mi expediente arriba de los otros.
No tuve éxito. Lo único que
pude fue ver que mi expediente era extenso. Tengo mucha experiencia, pensé. Alguna
ilusión perdida resurgió en mí.
Hacia la tarde, el gobernador dio
por terminada la jornada de trabajo y abandonó la oficina en compañía de una
pareja que recién había llegado. La pareja, compuesta por una mujer y un hombre,
ambos de edad avanzada, tenía una relación de confianza con el gobernador.
Frustrado por mi derrota,
decidí irme a una estancia donde, sin saberlo, se reunían jóvenes entusiastas
para hablar de la integración del gabinete. Cuando la conversación concluyó,
los jóvenes empezaron a retirarse del lugar. Uno por uno se despedían y con argumentos
similares me decían que mi nombramiento era un hecho, que mi perfil destacaba y
que el gobernador ya tenía un nombramiento muy importante para mí. Aunque venían
de desconocidos, encontré aquellas palabras verosímiles.
La última en aparecer fue
Celeste. Se plantó frente a mí con una sonrisa de complicidad. Aunque no me dijo su nombre, yo sabía que era
ella: mi cómplice de aventura, mi compañera de otros sueños.
Lo sabía no sé por qué. Tenía
la certeza de que nos conocíamos muy bien, quizá de otra u otras vidas de ensueño, de que habíamos coincidido en todos los tiempos oníricos.
Sus ojos cafés claros, casi amarillos,
y su pelo negro hasta el hombro eran únicos. Me sonrió para despedirse. El gesto suficiente para saber que todo iba a ir bien.