Se desdoblaba en dos personalidades. Una intelectual, la otro no la recuerdo. Quizá por una confusión propia del sueño. En todo caso, ambas concurrían en lo que aparecía frente a mí como una mujer simpática y amable, dispuesta a tomar riesgos en cuestiones del amor.
Caminábamos por una calle empedrada, llena de túneles propios de las minas. La travesía, si así le puedo decir a la caminata, la hacía por momentos con la intelectual y por momentos con la otra.
¿De quién se trataba? Sigo sin recordarlo.