domingo, 16 de noviembre de 2025

La boda

Muchas coincidencias para ser un sueño. Ni qué decir de las emociones que removió.

Todo sucedió en el día de nuestra boda, cuando en el sermón de las nupcias me retiré del lugar. Pensaba que mi presencia no era necesaria en ese momento. 

Ya afuera, caminé a la casa de huéspedes que colindaba con el lugar donde tú permanecías escuchando al padre que oficiaba la misa de nuestra propia boda. La verdad no sé por qué decidí irme de ahí.

En el algún momento recibí una llamada a mi celular. Una voz agitada me apresuró a regresar a la capilla. El sermón había terminado y mi presencia era necesaria para consumar el enlace matrimonial.

Había perdido la noción del tiempo. Apurado, colgué e intenté salir de la casa de huéspedes. No pude abrir la puerta principal. Estaba envuelto en una cobija que hacia la función de camisa de fuerza. Grité desesperadamente por ayuda. Algunas personas que vi por una ventana voltearon desde afuera al interior de la casa de huéspedes, pero no hicieron nada para socorrerme.

Después de un esfuerzo decidido, la cobija cedió y pude abrir la puerta. Corrí hacia ti.

No te encontré en el altar. Tampoco estaba el sacerdote. Solo vi a personas que ocupaban lugares reservados para las y los padrinos. Entre esos asientos estaba mi papá.

¿Había sido él quien me llamó para pedirme que regresará? No tengo la certeza de que así fuera. En todo caso, recuerdo que me dijo que tú estabas en un cuarto al fondo de la capilla, arreglándote para la consagración de los votos.

Rápidamente me moví entre la gente para ir contigo. Se me atravesaron algunos familiares, tu mamá y muchas amigas tuyas. Todas ellas enfilaban al lugar que les correspondía en la ceremonia.

Después de esquivar personas, entré al cuarto donde estabas. Te vi inmediatamente, traías puesto un vestido blanco, largo, muy elegante, que se ceñía a tu cuerpo. Te veías hermosa.

Me acerqué a ti y con la naturalidad que les corresponde a aquellos que se pertenecen me explicaste que te estabas cambiando para seguir con el intercambio de anillos. No estabas enojada ni impaciente.

Cuando terminaste de cambiarte, caminamos para salir del cuarto. Antes de hacerlo, nos encontramos con un mesero y aprovechaste para decirme que tenías sed. Fui yo el que le pidió un vaso con agua y él lo trajo inmediatamente. Bromeé comentando que, junto a mi lado, siempre cuidaría de ti.

Salimos para terminar la ceremonia nupcial. Era de noche. Había mucha gente. Todos eran amigas y amigos tuyos. Todos eran jóvenes y estaban felices. De repente sentí una efímera nostalgia por la ausencia de mis amigos. Pero más allá de ese sentimiento pasajero, prevalecía en mí un profundo orgullo: estabas a mi lado.

En algún momento de la fiesta, te sentaste en mis piernas. Mientras veíamos las estrellas y los juegos artificiales, me dijiste que querías quedarte un día más en tu ciudad, en el lugar donde estábamos celebrando nuestra boda.

 

Asentí. Colgada a mi cuello, así te quiero.  

viernes, 17 de octubre de 2025

Otoño 2025

We fell in love in October. That's why I love fall, girl in red


Ayer soñé contigo.

No era la primera vez que te veía. Sé que en otros sueños y en otras vidas ya hemos coincidido. En el sueño de ayer, aparecías con el pelo café, a los hombros, y con ojos azules. Eras muy joven.

Nos presentaban con el afán de formalizar nuestro matrimonio. A diferencia de lo que he sentido en esta y en otras vidas, con la convención forzada no me sentía limitado. Por el contrario, tomaba nuestro futuro enlace con una naturalidad extraña. Tú tampoco estabas contrariada.

Por momentos nos dejaban solos y jugábamos en el jardín. Te veía sonreír y, de alguna u otra forma, tenía la certeza de que estábamos acortando distancias. Me sentía cómodo a tu lado. 

Probablemente después de jugar, regresábamos a la casa y tomábamos un refrigerio. Mientras lo hacíamos, te lanzaba una que otra pregunta porque quería conocerte y saber más de ti. Tú me contestabas mirándome con esos ojos siempre azules.

Entonces me emocionaba de nuevo porque recordaba que pronto serías mi esposa…


Hoy, ya despierto, me conmuevo al sentir que el compromiso que se nos imponía no nos causaba, ni a ti ni a mí, ansiedad o asfixia.

sábado, 19 de julio de 2025

Sueño

Hay sueños lúcidos, esos en los que estás consciente de lo que sueñas y en los que puedes, en cierta medida, influir en su desarrollo. La noche de ayer tuve uno.

Todo inició de manera improvista. No podía ser de otra forma. Óscar apareció frente a mí; más joven, con el pelo corto, casi un adolescente.

Su llegada me conmovió profundamente. Sonreímos como aquellos viejos cómplices que fuimos hasta el último día de su vida.

Su llegada venía acompañada con dos certezas: yo sabía que estaba soñando y, además, que tenía que aprovechar su visita.

Por eso, sin preámbulos, le pregunté si (yo) llegaría al cielo. Su respuesta, afirmativa, me llenó de una profunda alegría.

Inmerso en esta emoción, desaproveché la oportunidad - si es que existía - para que mi amigo abundara. Por el contrario, lancé otra pregunta: ¿triunfaré en esta vida?

Óscar sonrío, con esa sonrisa inteligente y burlona que siempre tuvo. "Sí, nada más tienes que ser constante”.

Después de decirme esto se perdió en el sueño. En su lugar apareció Celeste.

Ahora que escribo esto tengo la impresión de que Óscar, fiel a su lealtad, permaneció ahí, en el sueño, mientras yo interactuaba con Celeste. Quizá fue él quien la había convocado.

No importa. En cualquier caso, yo estaba feliz. 

lunes, 16 de junio de 2025

Carta a Colombia

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyos brazos desfallecía Valeria Muñoz. 


Alcanzo a distinguir una luz en tus ojos. A pesar de mis marañas, tu mirada me conforta. Para ser preciso, corrijo y digo "me contagia de optimismo".

Son tiempos difíciles. ¿Cuáles no lo son? La muerte de mi padre, mi fracaso en Pemex, noticias que me develan infalible. A la cascada de quejas que recito, sumo al tiempo. Todos los días en la mañana me planto frente al espejo y veo los estragos de los años.

Nosotros los de hoy ya no somos los de antes.

Pero aun cuando estos pensamientos me acompañan, hay otra parte de mí diferente, que ilumina. Me gusta pensar en esta parte como el anverso de la misma moneda.

Este anverso corresponde al optimismo y al amor.