Fue en una noche de diciembre cuando llegué a casa de Moisés con el corazón destrozado. La emoción del amor perdido me dolía terriblemente.
Durante algunas horas, al compás de los tragos, le narré a mi amigo los esfuerzos para retenerla. Desesperado por mi situación, ansiaba desahogarme y escuchar alguna explicación que me sirviera de consuelo.
Cuando me quedé sin aliento de tanto hablar, mi amigo sonrió e intervino:
- No puedo explicar las razones por las que tus esfuerzos fallaron, pero, a propósito de tu nombre, déjame contarte una historia.
Y empezó su relato...
El rey Arturo, que tenía algo de joven y simpático, fue capturado por el monarca del reino vecino luego de que lo sorprendieran cazando a media noche en bosques prohibidos. Aunque el monarca pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, decidió ofrecerle la libertad a cambio de que, al término de un año, regresara ante él con la respuesta correcta a una pregunta.
Y sin mayores rodeos de por medio, pues el monarca era un hombre que no se andaba por las ramas, lanzó la pregunta: ¿Qué es lo que quiere la mujer?
En ese momento de la narración, Moisés hizo una pausa para darle un profundo trago a su cerveza. Habiendo saciado su sed, retomó el relato no sin antes enfatizar en la complejidad de la pregunta.
- Toma en cuenta, Arturo, que a lo largo de la historia tal interrogante ha dejado perplejos a los hombres más sabios de este mundo...
Por alguna razón desconocida, después de que Moisés dijo eso, pensé en la fascinante historia de Oseas y Gomer.
Al rey Arturo le pareció imposible responder de manera acertada a esa pregunta. Con todo, sabía que era mejor intentar contestarla que morir ahorcado. Por eso, agradeció la oportunidad y regresó a su reino para iniciar un proceso de consultas con el fin de encontrar alguna respuesta medianamente decorosa.
Durante los siguientes meses Arturo preguntó a todos: monjes, sacerdotes, guerreros, vagabundos, prostitutas, puritanas, madres, hijas, doncellas, astros, aves. Lamentablemente no encontró de nadie una respuesta decente.
Ante su notorio desconsuelo, algunos en su corte le aconsejaron interrogar a la vieja bruja. Solo ella podría darle una respuesta. Eso sí, le advirtieron, el precio sería alto: la vieja hechicera era famosa por las extrañas formas en que cobraba sus servicios.
Transcurridos doce meses, se presentó el día convenido y, para no morir ahorcado, Arturo tuvo que consultar a la bruja. Ella accedió a darle una respuesta bajo la condición de que primero se aceptara el precio:
"Por la respuesta adecuada, Arturo, deberás acceder a que me case con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y tu más íntimo amigo."
Al escuchar tal condición, el rey la miró horrorizado. La bruja era verdaderamente fea: tenía un solo diente, verrugas en toda la cara, y además de que despedía un hedor nauseabundo, hacia ruidos obscenos y viscos incómodos. ¡Nunca nadie se igualaría en fealdad a una criatura tan repugnante!
Dada la horrible realidad de la hechicera, no había nada qué pensar. Desde el primer segundo, Arturo se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo que aceptara casarse con la bruja.
No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que tal precio no representaba ningún sacrificio tomando en cuenta que estaba en juego la vida de su amigo y la preservación de la Mesa Redonda.
Gawain podría estar exagerando, interrumpió mi amigo, pero recuerda que desde fechas remotas a los hombres nos gusta alardear.
A regañadientes, Arturo aceptó la boda. En ese momento, con su sabiduría infernal, la vieja bruja dio respuesta a la pregunta:
- Lo que quiere la mujer es... ¡ser la soberana de su propia vida!
Al instante, todos los que escucharon a la hechicera supieron que había dicho una gran verdad y que el joven rey estaría a salvo.
Así fue. Al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad a Arturo.
Siendo un hombre de palabra, al regresar a sus tierras el rey dispuso los preparativos para la boda. El evento, no es necesario decirlo, resultó impecable, casi tanto como su remordimiento: nadie se sintió más desgarrado y triste en la fiesta que él.
En el banquete, con todo, Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso. La vieja bruja, por su parte, hizo gala de sus peores modales, engullendo la comida directamente del plato sin usar los cubiertos y emitiendo ruidos espantosos.
Después de la ceremonia nupcial llegó la noche de bodas. Cuando Gawain aguardaba a que su esposa se reuniera con él en la cama, ella apareció con el aspecto de una bella doncella. El esposo quedó atónito y preguntó sobre la razón del cambio. La bruja-doncella respondió que como él había sido cortés y noble durante la boda, la mitad del tiempo ella se presentaría con aspecto horrible y la otra mitad con aspecto atractivo.
"¿Cuál prefería Gawain para el día y cuál para la noche? ¡Qué pregunta más cruel!", gritó Moisés.
Después continuó...
El esposo estuvo tentado a realizar cálculos. ¿Quería tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches a una bruja espantosa o, por el contrario, prefería tener de día a una bruja y en los momentos íntimos a una joven hermosa?
Pero el amigo de Arturo era un hombre prudente y tras unos breves segundos contestó que la dejaría elegir por sí misma y qué él procuraría respetar siempre sus decisiones.
Al oír esto, la bruja se conmovió y anunció que sería una hermosa dama todo el día (mañana y noche) solo porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su propia vida.
Cuando el relato terminó, conté 42 cervezas vacías sobre la mesa en torno a la cual nos habíamos sentado. Sin más que decir, me levanté y agradecí a mi amigo por tan precisa narración. Esa noche, después de meses de zozobra, dormí apaciblemente.