Hace unos días la UNAM celebró
un coloquio sobre el panorama actual de la educación en México. El evento se
convirtió en el escenario ideal para homenajear a Fernando Solana, mexicano ejemplar
con una de las trayectorias más destacadas al servicio de la nación.
En el homenaje, mujeres y
hombres de mucho prestigio recordaron con emoción el legado de Solana. Trascurrido algún tiempo de su partida, siento una profunda nostalgia y no encuentro mejor forma para
superarla que evocarlo y escribir al respecto. Lo hago sin pretensiones y con la conciencia
de haber construido una modesta pero franca relación con él, un hombre íntegro que
amó profundamente a México.
Empezaré por hablar de una de las características más notables de don
Fernando: entendía y manejaba con destreza los tiempos. Por su formación y disciplina,
empezaba el día temprano, informándose y aprehendiendo lo útil; desayunando con
gente inteligente y talentosa. Recuerdo
que solía llegar a la oficina con notas que había subrayado y arrancado de
diferentes secciones de periódicos nacionales y extranjeros. Con paso rápido,
se metía en su despacho y reunía a colaboradores cercanos para comentar las impresiones
que le dejaban los encuentros matutinos.
En el transcurso de la jornada
abordaba diferentes asuntos. Su agenda incluía una multiplicidad de temas. Verlo y apoyarlo en el manejo de cuestiones vinculadas a la educación, la cultura, las finanzas, la
administración pública o los asuntos internacionales y los negocios representaba un auténtico
aprendizaje. Su discreción y pasión impregnaban la atmósfera en la que
trabajaba.
En todas sus actividades,
públicas y privadas, mostraba un tino particular en el pensar y ejecutar. Además
de poseer un asombroso temple emocional, contaba con una notable facilidad para
persuadir a los demás. Las personan con las que se reunía - funcionarios públicos, empresarios, intelectuales, artistas - reconocían su don para ejercer
el liderazgo desde su calidad humana y prestigio. Con base en estas
características ejerció una interlocución eficaz con múltiples y diversas
personalidades del país, contribuyendo de esta forma a construir instituciones
que aún perduran.
Algunos días tuve la fortuna
de acompañarlo a comer en su mesa. Esos encuentros significaron una fuente inagotable
de inspiración: autoridades de todos los ámbitos conversaban sobre problemas y soluciones. A los jóvenes que alguna vez llegamos a participar en aquellas
comidas, la vida nos cambió. Por alguna razón que no puedo explicar, siento que nuestra perspectiva personal y profesional se amplió.
Terminaré diciendo que en los momentos difíciles,
cualquier palabra suya bastó para redimensionar la adversidad. A final de cuentas, el hombre de Estado también fue un líder
generoso que supo consolar, orientar y animar a su equipo de trabajo.
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