miércoles, 21 de junio de 2017

Sobre un hombre de Estado

Hace unos días la UNAM celebró un coloquio sobre el panorama actual de la educación en México. El evento se convirtió en el escenario ideal para homenajear a Fernando Solana, mexicano ejemplar con una de las trayectorias más destacadas al servicio de la nación.

En el homenaje, mujeres y hombres de mucho prestigio recordaron con emoción el legado de Solana. Trascurrido algún tiempo de su partida, siento una profunda nostalgia y no encuentro mejor forma para superarla que evocarlo y escribir al respecto. Lo hago sin pretensiones y con la conciencia de haber construido una modesta pero franca relación con él, un hombre íntegro que amó profundamente a México.

Empezaré por hablar de una de las características más notables de don Fernando: entendía y manejaba con destreza los tiempos. Por su formación y disciplina, empezaba el día temprano, informándose y aprehendiendo lo útil; desayunando con gente inteligente y talentosa. Recuerdo que solía llegar a la oficina con notas que había subrayado y arrancado de diferentes secciones de periódicos nacionales y extranjeros. Con paso rápido, se metía en su despacho y reunía a colaboradores cercanos para comentar las impresiones que le dejaban los encuentros matutinos.

En el transcurso de la jornada abordaba diferentes asuntos. Su agenda incluía una multiplicidad de temas. Verlo y apoyarlo en el manejo de cuestiones vinculadas a la educación, la cultura, las finanzas, la administración pública o los asuntos internacionales y los negocios representaba un auténtico aprendizaje. Su discreción y pasión impregnaban la atmósfera en la que trabajaba.  

En todas sus actividades, públicas y privadas, mostraba un tino particular en el pensar y ejecutar. Además de poseer un asombroso temple emocional, contaba con una notable facilidad para persuadir a los demás. Las personan con las que se reunía - funcionarios públicos, empresarios, intelectuales, artistas - reconocían su don para ejercer el liderazgo desde su calidad humana y prestigio. Con base en estas características ejerció una interlocución eficaz con múltiples y diversas personalidades del país, contribuyendo de esta forma a construir instituciones que aún perduran.

Algunos días tuve la fortuna de acompañarlo a comer en su mesa. Esos encuentros significaron una fuente inagotable de inspiración: autoridades de todos los ámbitos conversaban sobre problemas y soluciones. A los jóvenes que alguna vez llegamos a participar en aquellas comidas, la vida nos cambió. Por alguna razón que no puedo explicar, siento que nuestra perspectiva personal y profesional se amplió. 

Terminaré diciendo que en los momentos difíciles, cualquier palabra suya bastó para redimensionar la adversidad. A final de cuentas, el hombre de Estado también fue un líder generoso que supo consolar, orientar y animar a su equipo de trabajo.  

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