En el 2013 la extrañaba mucho. Ni él mismo entendía por qué.
Quizá - pensaba - es porque nunca he conocido a una niña tan guapa... O quizá era más que eso. Quizá era por la forma en que se movía por la vida, como rompiendo tradiciones y convulsionando al mundo con una naturalidad temible.
Era verdad. Ella tenía una increíble capacidad para desarmar hojarascas. Lo hacía con tanta facilidad que ni ella lo sabía.
Por aquellas épocas le dolía mucho estar lejos. No había día en que no pensara en ella. A veces lo hacía desde una tranquila nostalgia, a veces desde una angustia inexplicable.
Cuando tomaba mezcal, acostumbraba levantar el caballito y tomarse el trago derecho, sin decir nada. En la soledad de su pensamiento brindaba por ella. Sus amigos lo sabían y lo acompañaban en silencio. Había ocasiones, muchas, en que se le pasaban los mezcales. Agarraba entonces su teléfono y escribía un “Te extraño”. En la disyuntiva de mandar o borrar el mensaje siempre optaba por lo segundo. Y así se le iban los días.
También le tocó padecer la música. Alguna vez fue a una comida de trabajo donde se discutían asuntos de Estado. A mitad del tercer tiempo se quedó perplejo cuando escuchó una vieja canción de Fobia.
¿Por qué en este lugar? ¿Por qué a mí? - se preguntó.
Hubo otras más. La más patética le ocurrió en medio de una incómoda cena. Estaba con una niña, tratando de concentrarse, cuando escuchó alguna canción prohibida. Fue inútil, su suerte estaba echada: en toda la velada no dejó de pensar en ella.
Hubo días de humor ligero, que le gustaba pensar que pensaba en ella porque ella lo llamaba con su pensamiento. Hablaba, entonces, en voz alta, como si la tuviera enfrente. Le narraba cuidadosamente cada uno de los pormenores de la jornada. Esos días le sirvieron como catarsis.
Hubo otros, también, en que le venían a la mente ideas descabelladas. Entonces sufrió con la idea de que ella lo había olvidado. No fue un año fácil. Pero lo sobrellevó. Y desde la distancia y con el tiempo hizo las paces con las decisiones que ella tomó.