domingo, 25 de agosto de 2013

Tan lejos como sea posible

No hay viento favorable para barca sin rumbo. Cualquier tentativa, por grande o pequeña, resulta inútil si no hay claridad de objetivo. Además, como decía Nietzsche, no basta con saber qué se quiere. También es necesario saber que se quiere.

Con el paso de los años las osadías se terminan. Los modos desafiantes y arrebatados se remplazan lenta e inconscientemente con actitudes racionales. Llegan los achaques. Quizá no los de la vejez pero sí los que doblegan.

Transcurre el tiempo y las decepciones se acumulan. Las laborales y las del corazón, que son las que más calan. Tarde o temprano la ingenuidad se acaba y uno termina aceptando, con sabiduría, que existen cosas que no se pueden cambiar. Es una lección que se aprende con la edad.

Pero la vida es como un maratón y a pesar de que está llena de obstáculos, vale la pena vivirla. Lo importante, lo sé, no es evitar la parte complicada. De lo que se trata es de tener las agallas necesarias para superar la adversidad: los corredores exitosos también se cansan al subir una cuesta, sólo que se preparan de manera decidida para sobrellevar y superar los momentos difíciles.

He cumplido 35 años y no puedo dejar de pensar en lo afortunado que soy. Para empezar, mi familia me abriga y alienta. Son el punto de partida de mis sueños. Sé que algunas veces no les resulta fácil pero, a pesar de ello, respetan mis decisiones. ¿Cómo podría detenerme teniendo tanto amor?

Tengo, además, a los mejores amigos del mundo. Unos están más locos que otros pero todos han estado junto a mí cuando los he necesitado. Juntos hemos recorrido México y alguno que otro rincón del mundo. Hemos cantado con el mariachi y brindado por las mujeres. Compartimos uno y mil sueños. ¿Cuántas misiones nos falta completar?

También soy afortunado por hacer lo que me gusta. Disfruto mucho trabajando en asuntos que tienen que ver con el destino de mi país. Y, sobre todo, me siento profundamente privilegiado de poder incidir en la transformación de la industria petrolera nacional. Mi mayor pasión, muchos lo saben, es Pemex.

Por lo demás, los que conocen del tema dicen que no hay historia completa sin amor. Estoy consciente de ello. Por eso esperaré a que se escriba mi destino. No tengo prisa. Algo dentro de mí, una intuición quizá, me repite todos los días que ella llegará.

domingo, 18 de agosto de 2013

El peso de las palabras

Las palabras cambian destinos. De la misma forma en que se usan para detallar sueños y proyectos, pueden omitirse para evadir obstáculos y necesidades. Al emplearlas o no, los hombres de Estado, las instituciones y los gobiernos deben asumir plena responsabilidad por las consecuencias que generan.

La propuesta del Ejecutivo para modificar los artículos 27 y 28 de la Constitución es un claro ejemplo de la importancia del uso y omisión de las palabras. En su planteamiento, el Presidente Peña Nieto propone que las “concesiones” sean el único modelo que quede prohibido para explotar los hidrocarburos en México. La sugerencia es que otros modelos, como los “contratos de utilidad compartida”, puedan regularse y emplearse a partir de la leyes secundarias.

Las modificaciones a la Constitución que ha propuesto el gobierno representan un cambio importante con respecto a los modelos que se utilizan en la actualidad para desarrollar los proyectos de petróleo y gas en el país. De concretarse, los particulares tendrían la libertad de explotar los hidrocarburos en un área determinada, siguiendo sus propios planes y asumiendo sus propios riesgos. El Estado, como contraparte, tendría la obligación de pagarles una utilidad por la venta del petróleo que hayan contribuido a explotar en dicha área.

Actualmente esto no ocurre. Pemex es el que elabora los planes de explotación y el que decide en dónde pueden participar los particulares. Por los servicios que prestan, éstos últimos reciben un pago que cubre los costos en los que incurren.  No más.

Para defender su propuesta de reforma energética, el gobierno ha recurrido a la mítica figura del general Lázaro Cárdenas. Argumenta que los cambios constitucionales recientemente sugeridos recuperan cada una de las palabras que el Presidente Cárdenas empleó en 1940 para permitir la participación de particulares en el sector energético.

Es evidente que el Ejecutivo ha rescatado la imagen de Cárdenas para desarticular el discurso de los grupos que se oponen a los cambios constitucionales. Lo que no está claro, sin embargo, es que esta sea la mejor estrategia para defender la propuesta energética de Peña Nieto. En primer lugar porque se sabe que la decisión de Lázaro Cárdenas se dio en un contexto marcado por la debilidad de las instituciones y por la urgencia de poner en marcha la economía de México. En segundo lugar porque ha trascendido que el general reconoció, con el paso del tiempo, que la participación de los particulares en la industria petrolera nacional atentaba contra los intereses de la Nación.

Quizá sería más útil explicar por qué los cambios constitucionales propuestos por el gobierno son la mejor alternativa para ampliar las reservas de hidrocarburos y elevar la producción de petróleo y gas. No es sencillo hacerlo, para ello se requiere de expertos que tengan la capacidad y la claridad para poner en palabras sencillas lo que significan los contratos de utilidad compartida que se desprenderían, según lo dijo el Presidente Peña Nieto, de los cambios a los artículos 27 y 28 de la Constitución.

Quizá, también, sería más conveniente hablar de la necesidad de emprender acciones decididas que nos permitan responder a los retos presentes y futuros. En este sentido, nada más oportuno que destacar la visión y valentía del Presidente Cárdenas, que procuró la mejor política para el país tomando en cuenta los retos del momento. 

domingo, 4 de agosto de 2013

Una ilusión

A mis amigas y amigos del INAP: cuántas historias faltan por contar


Carbón que fue fuego fácil se enciende. Con estas palabras cerré un discurso mal articulado en la cena de graduación de la carrera de relaciones internacionales generación 1997-2002 de la Universidad Iberoamericana. Lo que intentaba, a pesar de mi desafortunada participación, era exhortar a mi generación a seguir creyendo en nuestros sueños.

En el verano de 2011, nueve años después, regresé a las aulas. Llegué con una formación laboral más desarrollada, con cierta prudencia adquirida y con algo de timidez. No sabía lo que me depararían los próximos dos años pero al momento de empezar la maestría en Administración Pública en el Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) tenía una ilusión muy clara: llegar tan lejos como fuera posible.

En aquel año, lo recuerdo, el gobierno de Felipe Calderón implementaba una errática estrategia para combatir al crimen organizado. Orientados los esfuerzos en este grave problema, la sociedad no veía mejoras sustanciales en otros temas igualmente importantes, como el económico y el social.

Al inicio de la maestría abordamos la historia política y económica de México. Leímos sobre la forma en que la Revolución Mexicana sirvió para sentar las bases del andamiaje institucional de nuestro país. Aprendimos que en la primera mitad del Siglo XX nuestra nación contó con hombres de Estado que tuvieron la creatividad y la capacidad para instrumentar políticas públicas acertadas que permitieron que México creciera y se modernizara.

Discutimos sobre el papel del Estado y su responsabilidad en la solución de los problemas actuales. En este contexto, analizamos la crisis económica y financiera internacional de 2008-2009. Entendimos que el Mercado, por sí solo, no tiene la capacidad para resolver satisfactoria las necesidades de todos los ciudadanos y que, por ello, es necesaria la prudente intervención del Estado. En lo personal, reafirmé la necesidad de avanzar más allá de cualquier falso dilema: el Mercado fomenta las actividades productivas y el Estado se encarga de garantizar lo intereses de la sociedad, sobre todo los relacionados con los grupos vulnerables.

Aprendimos, además, sobre la importancia de las compras y adquisiciones del gobierno.  Vimos, con frustración, cómo la normatividad es el primer y más grande obstáculo para que los servidores públicos ejecuten en tiempo y forma las licitaciones. Pensando en las dependencias que conforman al gobierno, entendimos de la importancia del buen criterio para poder llevar a cabo los proyectos y lograr la buena marcha del país.

También reflexionamos sobre el papel que el servidor público juega en la administración pública. Una y otra vez coincidimos en que la formación y la capacitación de las personas son el primer paso para tener un gobierno eficiente y eficaz. Entendimos que los servidores públicos, sindicatos incluidos, no pueden concebirse como un problema de las instituciones. Al contrario, éstos deben entenderse como el principal capital con el que cuentan las dependencias para alcanzar sus objetivos.

Hacia el final de la maestría abordamos los problemas que implica el implementar las leyes vigentes. Sobre este tema en particular, destacamos la falta de un Estado de derecho sólido: actualmente el marco jurídico de México está compuesto por normas que no responden a la realidad y que representan un obstáculo para la acción oportuna de gobierno. Por otro lado, las  leyes de nuestro país se respetan poco. Como mexicanos, no estamos acostumbrados a someternos al imperio de la ley.

Estos y muchos otros temas relacionados al Estado, al gobierno y a la administración pública fueron los que tocamos a lo largo de la maestría. En los seis cuatrimestres en que se compone el plan de estudio, nos acompañaron autoridades y profesores extraordinariamente preparados y comprometidos. Soy fiel testigo que ninguno de ellos rehuyó al debate ni tomó represalias por las críticas y cuestionamientos que realizamos. 

Pero la fortuna más grande, sin lugar a dudas, son mis compañeros de generación. ¿Cómo no valorar la pasión con la que se desenvolvieron en clase? ¿Cómo habré de pagarles su amistad? Para mí no hay vuelta de hoja: les ofrezco mi mano para alcanzar sus sueños. Yo sé, por otro lado, que cuento con ellos para hacer lo propio.