domingo, 4 de agosto de 2013

Una ilusión

A mis amigas y amigos del INAP: cuántas historias faltan por contar


Carbón que fue fuego fácil se enciende. Con estas palabras cerré un discurso mal articulado en la cena de graduación de la carrera de relaciones internacionales generación 1997-2002 de la Universidad Iberoamericana. Lo que intentaba, a pesar de mi desafortunada participación, era exhortar a mi generación a seguir creyendo en nuestros sueños.

En el verano de 2011, nueve años después, regresé a las aulas. Llegué con una formación laboral más desarrollada, con cierta prudencia adquirida y con algo de timidez. No sabía lo que me depararían los próximos dos años pero al momento de empezar la maestría en Administración Pública en el Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) tenía una ilusión muy clara: llegar tan lejos como fuera posible.

En aquel año, lo recuerdo, el gobierno de Felipe Calderón implementaba una errática estrategia para combatir al crimen organizado. Orientados los esfuerzos en este grave problema, la sociedad no veía mejoras sustanciales en otros temas igualmente importantes, como el económico y el social.

Al inicio de la maestría abordamos la historia política y económica de México. Leímos sobre la forma en que la Revolución Mexicana sirvió para sentar las bases del andamiaje institucional de nuestro país. Aprendimos que en la primera mitad del Siglo XX nuestra nación contó con hombres de Estado que tuvieron la creatividad y la capacidad para instrumentar políticas públicas acertadas que permitieron que México creciera y se modernizara.

Discutimos sobre el papel del Estado y su responsabilidad en la solución de los problemas actuales. En este contexto, analizamos la crisis económica y financiera internacional de 2008-2009. Entendimos que el Mercado, por sí solo, no tiene la capacidad para resolver satisfactoria las necesidades de todos los ciudadanos y que, por ello, es necesaria la prudente intervención del Estado. En lo personal, reafirmé la necesidad de avanzar más allá de cualquier falso dilema: el Mercado fomenta las actividades productivas y el Estado se encarga de garantizar lo intereses de la sociedad, sobre todo los relacionados con los grupos vulnerables.

Aprendimos, además, sobre la importancia de las compras y adquisiciones del gobierno.  Vimos, con frustración, cómo la normatividad es el primer y más grande obstáculo para que los servidores públicos ejecuten en tiempo y forma las licitaciones. Pensando en las dependencias que conforman al gobierno, entendimos de la importancia del buen criterio para poder llevar a cabo los proyectos y lograr la buena marcha del país.

También reflexionamos sobre el papel que el servidor público juega en la administración pública. Una y otra vez coincidimos en que la formación y la capacitación de las personas son el primer paso para tener un gobierno eficiente y eficaz. Entendimos que los servidores públicos, sindicatos incluidos, no pueden concebirse como un problema de las instituciones. Al contrario, éstos deben entenderse como el principal capital con el que cuentan las dependencias para alcanzar sus objetivos.

Hacia el final de la maestría abordamos los problemas que implica el implementar las leyes vigentes. Sobre este tema en particular, destacamos la falta de un Estado de derecho sólido: actualmente el marco jurídico de México está compuesto por normas que no responden a la realidad y que representan un obstáculo para la acción oportuna de gobierno. Por otro lado, las  leyes de nuestro país se respetan poco. Como mexicanos, no estamos acostumbrados a someternos al imperio de la ley.

Estos y muchos otros temas relacionados al Estado, al gobierno y a la administración pública fueron los que tocamos a lo largo de la maestría. En los seis cuatrimestres en que se compone el plan de estudio, nos acompañaron autoridades y profesores extraordinariamente preparados y comprometidos. Soy fiel testigo que ninguno de ellos rehuyó al debate ni tomó represalias por las críticas y cuestionamientos que realizamos. 

Pero la fortuna más grande, sin lugar a dudas, son mis compañeros de generación. ¿Cómo no valorar la pasión con la que se desenvolvieron en clase? ¿Cómo habré de pagarles su amistad? Para mí no hay vuelta de hoja: les ofrezco mi mano para alcanzar sus sueños. Yo sé, por otro lado, que cuento con ellos para hacer lo propio.

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