Las palabras cambian destinos. De la misma forma en que
se usan para detallar sueños y proyectos, pueden omitirse para evadir obstáculos
y necesidades. Al emplearlas o no, los hombres de Estado, las instituciones y
los gobiernos deben asumir plena responsabilidad por las consecuencias que
generan.
La propuesta del Ejecutivo para modificar los artículos
27 y 28 de la Constitución es un claro ejemplo de la importancia del uso y omisión
de las palabras. En su planteamiento, el Presidente Peña Nieto propone que
las “concesiones” sean el único modelo que quede prohibido para explotar los
hidrocarburos en México. La sugerencia es que otros modelos, como los “contratos
de utilidad compartida”, puedan regularse y emplearse a partir de la leyes secundarias.
Las modificaciones a la Constitución que ha propuesto el gobierno
representan un cambio importante con respecto a los modelos que se utilizan
en la actualidad para desarrollar los proyectos de petróleo y gas en el país. De
concretarse, los particulares tendrían la libertad de explotar los hidrocarburos
en un área determinada, siguiendo sus propios planes y asumiendo sus propios
riesgos. El Estado, como contraparte, tendría la obligación de pagarles una
utilidad por la venta del petróleo que hayan contribuido a explotar en dicha
área.
Actualmente esto no ocurre. Pemex es el que elabora
los planes de explotación y el que decide en dónde pueden participar los
particulares. Por los servicios que prestan, éstos últimos reciben un pago que
cubre los costos en los que incurren. No
más.
Para defender su propuesta de reforma energética, el
gobierno ha recurrido a la mítica figura del general Lázaro Cárdenas. Argumenta
que los cambios constitucionales recientemente sugeridos recuperan cada una de
las palabras que el Presidente Cárdenas empleó en 1940 para permitir la
participación de particulares en el sector energético.
Es evidente que el Ejecutivo ha rescatado la imagen de
Cárdenas para desarticular el discurso de los grupos que se oponen a los
cambios constitucionales. Lo que no está claro, sin embargo, es que esta sea la
mejor estrategia para defender la propuesta energética de Peña
Nieto. En primer lugar porque se sabe que
la decisión de Lázaro Cárdenas se dio en un contexto marcado por la debilidad
de las instituciones y por la urgencia de poner en marcha la economía de
México. En segundo lugar porque ha trascendido que el general reconoció, con el paso del tiempo, que la participación de los particulares en
la industria petrolera nacional atentaba contra los intereses de la Nación.
Quizá sería más útil explicar por qué los cambios
constitucionales propuestos por el gobierno son la mejor alternativa
para ampliar las reservas de hidrocarburos y elevar la producción de petróleo y
gas. No es sencillo hacerlo, para ello se requiere de expertos que tengan la
capacidad y la claridad para poner en palabras sencillas lo que significan los
contratos de utilidad compartida que se desprenderían, según lo dijo el
Presidente Peña Nieto, de los cambios a los artículos 27 y 28 de la
Constitución.
Quizá, también, sería más conveniente hablar de la
necesidad de emprender acciones decididas que nos permitan responder a los retos
presentes y futuros. En este sentido, nada más oportuno que destacar la visión
y valentía del Presidente Cárdenas, que procuró la mejor política para el país
tomando en cuenta los retos del momento.
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