Los actuales son tiempos complejos. Lamentables hechos
como los que se presentaron en Tlatlaya e Iguala, durante los últimos meses del
año pasado, no son sino una expresión de los retos que enfrenta el Estado mexicano. Impunidad, corrupción, justicia cotidiana, Estado de derecho son
conceptos que hoy, más que nunca, están presentes en la discusión de la
sociedad. A veces a manera de reclamo, a veces a manera de exigencia.
Esta discusión, valdría la pena destacarlo, no es
exclusiva de México. La semana pasada, en Davos, Suiza, durante el Foro
Económico Mundial, representantes de gobierno de distintos países discutieron con
inversionistas, empresarios y miembros de la sociedad civil sobre las
demandas que sus respectivas sociedades hacen de manera cotidiana con respecto
a la corrupción y la impunidad.
Así, pues, los retos que vive México no son exclusivos ni
de nuestro gobierno ni de la sociedad, de la cual nosotros somos parte. En un
mundo más democrático, los ciudadanos estamos exigiendo más. A veces por el
camino de la legalidad, a veces por senderos que se escapan de formas
institucionales.
En el fondo estas exigencias convergen en una demanda muy
clara: la necesidad de que los gobiernos, en todo el mundo, tengan la capacidad
de entregar resultados tangibles.
En este sentido, estoy convencido que un gobierno que brinda
soluciones a los ciudadanos es aquel que tiene la capacidad de tomar decisiones
de manera oportuna. Pero no basta con que tome decisiones a tiempo y cuando
conviene. Es necesario, también, que la
clase política esté cerca de la gente para que esas decisiones se compartan
entre la mayoría.
A nosotros, por otro lado, nos corresponde pasar del
reclamo a la acción. Los tiempos actuales no representan un reto exclusivo de
los gobiernos, también nos atañen a la sociedad. Son, pues, una oportunidad
para que la ciudadanía muestre más civilidad. Entendida ésta como un sinónimo
que engloba palabras como cortesía, amabilidad, urbanidad, cordialidad, buena
educación y respeto.