domingo, 11 de enero de 2015

Yo pecador


Hemos perdido la oportunidad de cambiar al país. Nosotros, que no hace mucho tiempo escuchamos hablar del valor de la crítica y del compromiso social, renunciamos a nuestros ideales y terminamos por ser parte de una sociedad desorientada.

Es verdad, nadie nos eligió para trascender. Ni siquiera  muchos de nosotros soñamos o quisimos hacerlo. Fue el destino, caprichoso y enigmático, quien se encargó de llamarnos a esa histórica cita.  

Entonces, convencidos por los vientos frescos que soplaban, nos concebimos dueños del presente y lo suficientemente capaces para construir un futuro más habitable. Creímos que la nuestra era una generación consciente de la realidad; de lo bueno y lo malo, de lo que había que conservar y de lo que había que trasformar.   

Es cierto, nuestros intereses y pasiones eran diferentes. Pero aquello no era motivo de preocupación, al contrario, nos divertía. Porque a pesar de que cada quien luchaba con sus propios fantasmas a su propia manera, todos partíamos de premisas compartidas: honestidad, respeto, solidaridad…

Éramos jóvenes. Ingenuos y tercos si se quiere, pero con fuego en la sangre. Hasta para amar.

Hoy, cuando el tiempo se ha mostrado impecable, debemos reconocer que hemos fallado. No sólo por renunciar a ser esos líderes empresariales, sociales y políticos que México necesita, sino por permitir que nos volviéramos parte de esa manada que vive en la inmediatez. 

En esta mezquina comodidad nos hemos vuelto cómplices y responsables de las calamidades que vivimos como sociedad. La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la obscenidad de la Casa Blanca, los robos y extorsiones del día a día, entre otros tantos males, son una consecuencia de nuestro silencio, de nuestra pasividad. 

No exagero; ni yo ni aquél que con lastimosa resignación suele repetir que el pueblo de México tiene a los políticos que se merece.  

Son tiempos de incertidumbre y desánimo. Para colmo, el panorama no pinta nada bien: en julio habrá elecciones para renovar la Cámara de Diputados y la gubernatura en nueve estados. Los partidos políticos, desprestigiados como nunca antes, habrán de hacer hasta lo imposible por conseguir el voto de la sociedad.

Afortunadamente para los que hemos fallado, esta coyuntura se muestra propicia para reivindicarnos. En la medida en que evaluemos y comparemos propuestas, estaremos en posibilidades de votar por los mejores candidatos. Se trata, a final de cuentas, de mostrar interés en este proceso electoral y de participar activamente en la elección de nuestros representantes populares.   

Quizá este pequeño esfuerzo sirva para constuir un mejor presente. Puede ser, por qué no, una forma de empezar a cambiar al país.

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