Hemos perdido la oportunidad de cambiar al país. Nosotros,
que no hace mucho tiempo escuchamos hablar del valor de la crítica y del compromiso
social, renunciamos a nuestros ideales y terminamos por ser parte de una
sociedad desorientada.
Es verdad, nadie nos eligió para trascender. Ni siquiera muchos de nosotros soñamos o quisimos hacerlo.
Fue el destino, caprichoso y enigmático, quien se encargó de llamarnos a esa
histórica cita.
Entonces, convencidos por los vientos frescos que soplaban, nos
concebimos dueños del presente y lo suficientemente capaces para construir un
futuro más habitable. Creímos que la nuestra era una generación consciente de la
realidad; de lo bueno y lo malo, de lo que había que conservar y de lo que
había que trasformar.
Es cierto, nuestros intereses y pasiones eran
diferentes. Pero aquello no era
motivo de preocupación, al contrario, nos divertía. Porque a pesar de que cada
quien luchaba con sus propios fantasmas a su propia manera, todos partíamos de
premisas compartidas: honestidad, respeto, solidaridad…
Éramos jóvenes. Ingenuos y tercos si se quiere, pero con
fuego en la sangre. Hasta para amar.
Hoy, cuando el tiempo se ha mostrado impecable, debemos
reconocer que hemos fallado. No sólo por renunciar a ser esos líderes empresariales,
sociales y políticos que México necesita, sino por permitir que nos volviéramos
parte de esa manada que vive en la inmediatez.
En esta mezquina comodidad nos hemos vuelto cómplices y
responsables de las calamidades que vivimos como sociedad. La desaparición de
los 43 normalistas de Ayotzinapa, la obscenidad de la Casa Blanca, los robos y
extorsiones del día a día, entre otros tantos males, son una consecuencia de
nuestro silencio, de nuestra pasividad.
No exagero; ni yo ni aquél que con lastimosa resignación
suele repetir que el pueblo de México tiene a los políticos que se merece.
Son tiempos de incertidumbre y desánimo. Para colmo, el
panorama no pinta nada bien: en julio habrá elecciones para renovar la Cámara
de Diputados y la gubernatura en nueve estados. Los partidos políticos,
desprestigiados como nunca antes, habrán de hacer hasta lo imposible por
conseguir el voto de la sociedad.
Afortunadamente para los que hemos fallado, esta coyuntura
se muestra propicia para reivindicarnos. En la medida en que evaluemos y
comparemos propuestas, estaremos en posibilidades de votar por los mejores
candidatos. Se trata, a final de cuentas, de mostrar interés en este proceso
electoral y de participar activamente en la elección de nuestros representantes
populares.
Quizá este pequeño esfuerzo sirva para constuir un mejor presente. Puede ser, por qué no, una forma de empezar a cambiar al país.
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