domingo, 4 de enero de 2015

Discurso de un hombre cualquiera


He escuchado decir que la culpa es del gobierno. Por lo menos de aquellos problemas de los que hablamos las personas comunes y corrientes: inseguridad, violencia, corrupción. Pero también lo es de los problemas por los que se organizan y luchan los “ciudadanos” políticamente correctos: la desigualdad social, la falta de oportunidades para los jóvenes, la discriminación de las minorías, la inequidad de género, el maltrato animal…

La lista, larga y variada (a la que se suman problemas inverosímiles como el lento crecimiento económico y el desastre financiero y operativo de Pemex), cala en el ánimo de la sociedad e invita a pensar que México es un país que no las trae todas consigo. Pareciera que estamos ahogados en una crisis histórica de dimensiones épicas. Lo digo desde mi corta edad y con el menor rigor científico. Es, pues, mera impresión.

Comparto los argumentos de los agraviados, a pesar de que por momentos más que argumentos suenan a reproches violentos e injuriosos. Al igual que la gran mayoría, me siento ofendido y molesto por el gobierno y los políticos (sin distinción de partidos). Pienso en todas esas sanguijuelas, cucarachas, alimañas y víboras prietas que están en puestos de poder y que, sin el menor escrúpulo, se dedican a robar y a mentir.

Cuánto daño nos han hecho a nosotros y a México. No sólo por robar y mentir, sino además por no tener la inteligencia y el talento suficientes para resolver los problemas. El agravio es mayor si tomamos en cuenta su frivolidad e incomprensión. En tiempos difíciles como estos, no han hecho más que dar tumbos y palos de ciego. Hablan, discurren, proponen pero no atinan a ponerse en los zapatos de la sociedad. Quizá por eso tampoco resuelven.

He escuchado decir que la culpa es del gobierno pero no acepto que sea el único responsable. Por el contrario, estoy convencido que los ciudadanos y la sociedad, en su conjunto, somos igualmente responsables de los problemas por los que atraviesa el país.

¿Cuántos de nosotros hemos respetado cabalmente las normas, reglamentos y leyes para hacer de México un país razonablemente civilizado? Yo no. ¿Cuántos de nosotros nos conducimos con total honestidad y sentido de justicia en las relaciones que entablamos con otros? Yo no.

No basta con salir a las calles para exponer problemas y demandar soluciones. Protestar es, en el mejor de los casos, el primer paso hacia un mejor país. Para encontrar soluciones verdaderas, lo sé, se requieren muchas otras cosas: valor, agallas, compromiso, conciencia, solidaridad, fraternidad y, sobre todo, amor por México.

He escuchado decir que el buen juez por su casa empieza. Por eso, en este 2015 tengo la determinación de convertirme en un ciudadano que respeta el Estado de derecho y a las instituciones de nuestro país. Tengo, también, el ánimo de comportarme como un hombre civilizado que se pone en los zapatos de todas las personas con las que convive.

Seguramente saldré a las calles a manifestarme en contra de la inseguridad y a favor de temas políticamente correctos. Pero no me detendré ahí: asumiré mi responsabilidad como ciudadano y, con decisiones concretas, intentaré poner un granito de arena. Después de todo, si se juega con nuestro futuro hay que intentar cambiarlo con acciones.

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