Mis pensamientos se sacuden al compás de un viento constante. Es más
de medio día y la sombra de algún árbol nos defiende de la inclemencia del sol
de marzo. A la distancia, no muy lejos, las ramas de otros árboles, altos y
robustos, se mueven sin parar. El cielo despejado, de un azul claro, sugiere
que estos son días para creer en lo improbable.
Estando así, en silencio junto a ella, me resulta fácil
desprenderme del bullicio. Me siento cómodo y con el ánimo para hacer
un corte de caja de nuestra aventura. Empiezo por lo
evidente: su manera de ver la vida me ha abierto las puertas de un mundo
desconocido. Aprender, alguien lo dijo, es crecer.
No sólo es su gusto por la cocina o la atención que pone
en los temas cotidianos. Se trata, en general,
de una fidelidad hacia la exactitud y de un respeto espontáneo por las cosas que realiza.
Esta manera en que se desenvuelve, tan natural y sencilla, me inspira.
Regreso al bullicio. Una señora nos pide permiso para acompañarnos en la banca
donde estamos sentados. Cuando estoy a punto de inventar cualquier
pretexto para evitar su compañía, ella se acomoda para hacerle un lugar a la
señora. No digo nada. Con resignación me muevo para que la intrusa tenga más espacio en la banca.
A los pocos segundos me olvido de la injuria. Es su
generosidad lo que me ha permitido ver las cosas desde otra perspectiva. No hablo
de este absurdo incidente sino de cada una de las ocasiones en que he visto
cómo es capaz de regalarle una sonrisa sincera a las personas más complicadas.
Y aunque sé que la pueden sacar de quicio con mucha facilidad, admiro que no
guarde rencores ni alimente venganzas.
Han pasado casi dos horas desde que llegamos. La
intrusa se ha marchado. Por lo demás, ni ella ni yo nos hemos percatado del
tiempo. Ella por estar concentrada leyendo un libro y yo por estar disfrutando de su compañía.
-
¿Todo bien? – Me pregunta para romper el
silencio, después de haber terminado el libro.
No contesto de manera inmediata. Prefiero, primero, contemplarla.
Y así, disfrutando su presencia, caigo en la cuenta de su belleza y de lo mucho que me gusta.
-
Yo necesito de alguien como tú. – Respondo.
Sonríe y sin decir nada me da un beso. No cabe duda de que
estos son días para creer en lo improbable.
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