domingo, 22 de marzo de 2015

Lo improbable



Mis pensamientos se sacuden al compás de un viento constante. Es más de medio día y la sombra de algún árbol nos defiende de la inclemencia del sol de marzo. A la distancia, no muy lejos, las ramas de otros árboles, altos y robustos, se mueven sin parar. El cielo despejado, de un azul claro, sugiere que estos son días para creer en lo improbable.

Estando así, en silencio junto a ella, me resulta fácil desprenderme del bullicio. Me siento cómodo y con el ánimo para hacer un corte de caja de nuestra aventura.  Empiezo por lo evidente: su manera de ver la vida me ha abierto las puertas de un mundo desconocido. Aprender, alguien lo dijo, es crecer. 

No sólo es su gusto por la cocina o la atención que pone en los temas cotidianos. Se trata, en general, de una fidelidad hacia la exactitud y de un respeto espontáneo por las cosas que realiza. Esta manera en que se desenvuelve, tan natural y sencilla, me inspira.

Regreso al bullicio. Una señora nos pide permiso para acompañarnos en la banca donde estamos sentados. Cuando estoy a punto de inventar cualquier pretexto para evitar su compañía, ella se acomoda para hacerle un lugar a la señora. No digo nada. Con resignación me muevo para que la intrusa tenga más espacio en la banca.

A los pocos segundos me olvido de la injuria. Es su generosidad lo que me ha permitido ver las cosas desde otra perspectiva. No hablo de este absurdo incidente sino de cada una de las ocasiones en que he visto cómo es capaz de regalarle una sonrisa sincera a las personas más complicadas. Y aunque sé que la pueden sacar de quicio con mucha facilidad, admiro que no guarde rencores ni alimente venganzas.

Han pasado casi dos horas desde que llegamos. La intrusa se ha marchado. Por lo demás, ni ella ni yo nos hemos percatado del tiempo. Ella por estar concentrada leyendo un libro y yo por estar disfrutando de su compañía.

-          ¿Todo bien? – Me pregunta para romper el silencio, después de haber terminado el libro.

No contesto de manera inmediata. Prefiero, primero, contemplarla. Y así, disfrutando su presencia, caigo en la cuenta de su belleza y de lo mucho que me gusta.

-          Yo necesito de alguien como tú. – Respondo.

Sonríe y sin decir nada me da un beso. No cabe duda de que estos son días para creer en lo improbable.

lunes, 26 de enero de 2015

Nuestros tiempos



Los actuales son tiempos complejos. Lamentables hechos como los que se presentaron en Tlatlaya e Iguala, durante los últimos meses del año pasado, no son sino una expresión de los retos que enfrenta el Estado mexicano. Impunidad, corrupción, justicia cotidiana, Estado de derecho son conceptos que hoy, más que nunca, están presentes en la discusión de la sociedad. A veces a manera de reclamo, a veces a manera de exigencia.

Esta discusión, valdría la pena destacarlo, no es exclusiva de México. La semana pasada, en Davos, Suiza, durante el Foro Económico Mundial, representantes de gobierno de distintos países discutieron con inversionistas, empresarios y miembros de la sociedad civil sobre las demandas que sus respectivas sociedades hacen de manera cotidiana con respecto a la corrupción y la impunidad.

Así, pues, los retos que vive México no son exclusivos ni de nuestro gobierno ni de la sociedad, de la cual nosotros somos parte. En un mundo más democrático, los ciudadanos estamos exigiendo más. A veces por el camino de la legalidad, a veces por senderos que se escapan de formas institucionales.

En el fondo estas exigencias convergen en una demanda muy clara: la necesidad de que los gobiernos, en todo el mundo, tengan la capacidad de entregar resultados tangibles.

En este sentido, estoy convencido que un gobierno que brinda soluciones a los ciudadanos es aquel que tiene la capacidad de tomar decisiones de manera oportuna. Pero no basta con que tome decisiones a tiempo y cuando conviene. Es necesario, también, que la clase política esté cerca de la gente para que esas decisiones se compartan entre la mayoría.  

En otras palabras, para superar el desánimo que se ha generado en el país por la percepción de impunidad y corrupción, valdría la pena que el gobierno empezara a tomar decisiones efectivas, siempre tomando en cuenta  los reclamos de los diferentes sectores de la sociedad. 

A nosotros, por otro lado, nos corresponde pasar del reclamo a la acción. Los tiempos actuales no representan un reto exclusivo de los gobiernos, también nos atañen a la sociedad. Son, pues, una oportunidad para que la ciudadanía muestre más civilidad. Entendida ésta como un sinónimo que engloba palabras como cortesía, amabilidad, urbanidad, cordialidad, buena educación y respeto. 

domingo, 11 de enero de 2015

Yo pecador


Hemos perdido la oportunidad de cambiar al país. Nosotros, que no hace mucho tiempo escuchamos hablar del valor de la crítica y del compromiso social, renunciamos a nuestros ideales y terminamos por ser parte de una sociedad desorientada.

Es verdad, nadie nos eligió para trascender. Ni siquiera  muchos de nosotros soñamos o quisimos hacerlo. Fue el destino, caprichoso y enigmático, quien se encargó de llamarnos a esa histórica cita.  

Entonces, convencidos por los vientos frescos que soplaban, nos concebimos dueños del presente y lo suficientemente capaces para construir un futuro más habitable. Creímos que la nuestra era una generación consciente de la realidad; de lo bueno y lo malo, de lo que había que conservar y de lo que había que trasformar.   

Es cierto, nuestros intereses y pasiones eran diferentes. Pero aquello no era motivo de preocupación, al contrario, nos divertía. Porque a pesar de que cada quien luchaba con sus propios fantasmas a su propia manera, todos partíamos de premisas compartidas: honestidad, respeto, solidaridad…

Éramos jóvenes. Ingenuos y tercos si se quiere, pero con fuego en la sangre. Hasta para amar.

Hoy, cuando el tiempo se ha mostrado impecable, debemos reconocer que hemos fallado. No sólo por renunciar a ser esos líderes empresariales, sociales y políticos que México necesita, sino por permitir que nos volviéramos parte de esa manada que vive en la inmediatez. 

En esta mezquina comodidad nos hemos vuelto cómplices y responsables de las calamidades que vivimos como sociedad. La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la obscenidad de la Casa Blanca, los robos y extorsiones del día a día, entre otros tantos males, son una consecuencia de nuestro silencio, de nuestra pasividad. 

No exagero; ni yo ni aquél que con lastimosa resignación suele repetir que el pueblo de México tiene a los políticos que se merece.  

Son tiempos de incertidumbre y desánimo. Para colmo, el panorama no pinta nada bien: en julio habrá elecciones para renovar la Cámara de Diputados y la gubernatura en nueve estados. Los partidos políticos, desprestigiados como nunca antes, habrán de hacer hasta lo imposible por conseguir el voto de la sociedad.

Afortunadamente para los que hemos fallado, esta coyuntura se muestra propicia para reivindicarnos. En la medida en que evaluemos y comparemos propuestas, estaremos en posibilidades de votar por los mejores candidatos. Se trata, a final de cuentas, de mostrar interés en este proceso electoral y de participar activamente en la elección de nuestros representantes populares.   

Quizá este pequeño esfuerzo sirva para constuir un mejor presente. Puede ser, por qué no, una forma de empezar a cambiar al país.

domingo, 4 de enero de 2015

Discurso de un hombre cualquiera


He escuchado decir que la culpa es del gobierno. Por lo menos de aquellos problemas de los que hablamos las personas comunes y corrientes: inseguridad, violencia, corrupción. Pero también lo es de los problemas por los que se organizan y luchan los “ciudadanos” políticamente correctos: la desigualdad social, la falta de oportunidades para los jóvenes, la discriminación de las minorías, la inequidad de género, el maltrato animal…

La lista, larga y variada (a la que se suman problemas inverosímiles como el lento crecimiento económico y el desastre financiero y operativo de Pemex), cala en el ánimo de la sociedad e invita a pensar que México es un país que no las trae todas consigo. Pareciera que estamos ahogados en una crisis histórica de dimensiones épicas. Lo digo desde mi corta edad y con el menor rigor científico. Es, pues, mera impresión.

Comparto los argumentos de los agraviados, a pesar de que por momentos más que argumentos suenan a reproches violentos e injuriosos. Al igual que la gran mayoría, me siento ofendido y molesto por el gobierno y los políticos (sin distinción de partidos). Pienso en todas esas sanguijuelas, cucarachas, alimañas y víboras prietas que están en puestos de poder y que, sin el menor escrúpulo, se dedican a robar y a mentir.

Cuánto daño nos han hecho a nosotros y a México. No sólo por robar y mentir, sino además por no tener la inteligencia y el talento suficientes para resolver los problemas. El agravio es mayor si tomamos en cuenta su frivolidad e incomprensión. En tiempos difíciles como estos, no han hecho más que dar tumbos y palos de ciego. Hablan, discurren, proponen pero no atinan a ponerse en los zapatos de la sociedad. Quizá por eso tampoco resuelven.

He escuchado decir que la culpa es del gobierno pero no acepto que sea el único responsable. Por el contrario, estoy convencido que los ciudadanos y la sociedad, en su conjunto, somos igualmente responsables de los problemas por los que atraviesa el país.

¿Cuántos de nosotros hemos respetado cabalmente las normas, reglamentos y leyes para hacer de México un país razonablemente civilizado? Yo no. ¿Cuántos de nosotros nos conducimos con total honestidad y sentido de justicia en las relaciones que entablamos con otros? Yo no.

No basta con salir a las calles para exponer problemas y demandar soluciones. Protestar es, en el mejor de los casos, el primer paso hacia un mejor país. Para encontrar soluciones verdaderas, lo sé, se requieren muchas otras cosas: valor, agallas, compromiso, conciencia, solidaridad, fraternidad y, sobre todo, amor por México.

He escuchado decir que el buen juez por su casa empieza. Por eso, en este 2015 tengo la determinación de convertirme en un ciudadano que respeta el Estado de derecho y a las instituciones de nuestro país. Tengo, también, el ánimo de comportarme como un hombre civilizado que se pone en los zapatos de todas las personas con las que convive.

Seguramente saldré a las calles a manifestarme en contra de la inseguridad y a favor de temas políticamente correctos. Pero no me detendré ahí: asumiré mi responsabilidad como ciudadano y, con decisiones concretas, intentaré poner un granito de arena. Después de todo, si se juega con nuestro futuro hay que intentar cambiarlo con acciones.