Hoy en México viven 29 millones de
jóvenes que tienen entre 16 y 29 años de edad. Esto significa que el 24% de la
población total del país, conformada por poco más de 120 millones de mexicanos,
pertenece a los millennials, conocidos también como la Generación Y.
A los millennials, en México y en
el mundo, se les ubica por ser ese grupo generacional nacido entre 1980 y 2000,
que ha crecido en una época marcada por disruptivos económicos y
tecnológicos. Su importancia en el entorno social se explica no sólo en términos demográficos sino también porque serán ellos los líderes que decidirán el rumbo del planeta en un futuro no muy lejano.
En los últimos años, por esta y
otras razones, los gobiernos y las empresas han volteado la vista a los
millennials. Conforme se van identificando las brechas generacionales, queda
claro que es muy importante y útil incorporarlos en los debates y en
las decisiones relacionadas con el futuro de la humanidad.
En este contexto, la semana pasada
el Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés) abrió espacios
importantes para hablar de los jóvenes de hoy. Durante la Reunión Anual del WEF
celebrada en Davos, Suiza, representantes de gobiernos, empresarios y emprendedores reflexionaron sobre las aspiraciones, las expectativas y las inquietudes que
los millennials tienen de cara a una realidad marcada por crisis constantes.
Sobre estos temas, los participantes
en la Reunión Anual del WEF comentaron que los millennials destacan por ser la
primera generación en la historia de la humanidad que tiene oportunidades más limitadas que las de sus padres.
Aún así, serán ellos los responsables de resolver los problemas de nuestro mundo, incluyendo
el envejecimiento de la población, la brecha de género, la crisis económica y
el cambio climático.
A pesar de que han nacido y
crecido en un entorno social complejo, el panorama tiene grandes oportunidades para los
millennials. En muchos sentidos, estos jóvenes recibirán un mejor mundo del que recibieron sus padres; uno con menos pobreza, con mayor acceso a educación
y a servicios de salud, y con posibilidades tecnológicas infinitas.
Los millennials son, además, la
primera generación digital: muchos de ellos no conciben su vida sin internet.
La tecnología no sólo ha moldeado la forma en que viven y trabajan, también ha
creado un conjunto de creencias, miedos y aspiraciones. Estos valores influyen
en los jóvenes y en la forma en que afrontan los retos venideros.
Nadie duda de que los millennials
quieren trascender. La forma en que quieren hacerlo, sin embargo, dista mucho
de los modos que emplearon sus padres para intentarlo. En la actualidad, por
ejemplo, una gran mayoría de estos jóvenes cree que las compañías privadas son una
alternativa para resolver problemas como el desempleo. Por lo mismo, no creen
en el falso dilema entre Estado o mercado.
Por otro lado, en este mundo
digital los jóvenes tienen las herramientas necesarias para actuar. Las redes
sociales les permiten promover causas y crear espacios para incidir directamente.
Tienen más información y eso los empodera.
Los millennials también se
diferencian de otras generaciones porque otorgan una importancia mayúscula a su calidad de vida. Para ellos es muy importante decidir qué carrera universitaria
estudiar, qué productos comprar y cómo utilizar el tiempo libre. Les gusta,
pues, estar o ir más allá de algo.
Sobre las expectativas laborales, hoy
en día los jóvenes se sienten atraídos por una cultura corporativa y por
estilos de liderazgo completamente diferentes a los tradicionales. Como saben
que pueden sacarle mucho provecho a la internet, esperan progresar rápido,
tener una carrera laboral variada e interesante y, sobre todo, contar con retroalimentación.
Para los millennials es importante
sentir que su trabajo es útil y que sus esfuerzos tienen resultados claros. Por
eso, cuando sienten que sus expectativas están incompletas no dudan en cambiar
de trabajo.
En este sentido, los millennials califican
constantemente al sector público como el menos adaptado a sus necesidades
actuales y expectativas futuras. A esto se agrega la gran desconfianza que
sienten por los políticos y las formas tradicionales de hacer política.
El reto para los gobiernos y los políticos, por ello, debe ser recuperar la confianza de los jóvenes: hablar de los temas y en el tono que ellos lo hacen. Es cierto
que esto se puede lograr si se les involucra en los debates y en las
decisiones. Para ir más allá, no obstante, es necesario hacerlos partícipes y responsables.
¿De qué? Del presente y del futuro.