domingo, 10 de enero de 2016

Tragedia y parodia

La historia, ya lo he dicho, siempre se repite. Primero como tragedia y después como parodia.

El viernes pasado, tras un enfrentamiento a balazos con elementos de la Secretaría de Marina, Joaquín Guzmán Loera fue recapturado en Los Mochis, Sinaloa. Esta es la tercera captura del capo, luego de que en 2001 se fugara del penal de Puente Grande, Jalisco, y de que a mediados del año pasado se escapara de la cárcel de máxima seguridad del Altiplano.

Las osadías de El Chapo no sólo significaron una humillación para los equipos de trabajo de Vicente Fox y Enrique Peña Nieto, también representaron una vergüenza nacional al poner en evidencia la debilidad de las instituciones mexicanas. El desafío, no obstante, se pagó con la misma moneda: el viernes por la noche el Gabinete de Seguridad mostró ante las cámaras de televisión a un animal sometido. Las autoridades querían demostrar lo dicho en el espectáculo de medios montado previamente: no existe delincuente que esté fuera del alcance del Estado mexicano.

Cuando parecía que el espectáculo se terminaba para dar pie a una discusión seria y profunda con respecto a las ventajas o desventajas de la extradición de Guzmán Loera a Estados Unidos, la revista Rollling Stone publicó en su portal de internet una conversación con el prófugo. Se trata de una entrevista que el actor estadounidense Sean Penn le realizó a El Chapo en octubre de 2015.

Lo publicado por Rolling Stone resulta muy interesante, no sólo porque se trata de la primera entrevista que ofrece El Chapo en más de 20 años, sino porque en ella se pueden apreciar características de la personalidad de este delincuente. Por ejemplo, en una parte de la entrevista se puede leer que Joaquín Guzmán se jacta de que él “abastece más heroína, metanfetaminas, cocaína y mariguana que nadie en el mundo”.

Aunque la entrevista es un buen esfuerzo periodístico, a mi juicio lo más interesante no son las respuestas concretas a las preguntas de Sean Penn, sino las referencias a la debilidad institucional de México. En particular, me refiero a las sugerencias que el entrevistador hace con respecto al Ejército y a los comentarios que Guzmán Loera supuestamente desliza con respecto la industria del petróleo.

En el primer caso, escribe Penn, “Y luego, mientras parece que estamos a la entrada de Oz, la cima más alta visible a nuestro alcance, llegamos a un punto de revisión militar. Dos soldados uniformados, con armas listas para ser usadas, se acercan a nuestro vehículo. Alfredo (hijo de Joaquín Guzmán) baja la ventana; los soldados retroceden, se ven apenados, y nos permitan pasar. Wow. Así que esto es, el poder del rostro de un Guzmán. Y la corrupción de una institución”.

En el segundo, escribe Penn, “él (Joaquín Guzmán) nos sugiere que consideremos cambiar de camino profesional al negocio del petróleo. Dice que ambicionaría entrar al sector energético pero sus fondos, al ser ilícitos, restringen sus oportunidades de inversión. Cita (aunque pide que no se difundan) una multitud de grandes corporaciones corruptas, en México y en el exterior. Menciona con desdén muchas que han servido para lavar su dinero y que toman, de manera cínica, una rebanada del pastel del narcotráfico”.

En este contexto, de tragedia y parodia, debemos entender que la captura del que fuera el delincuente más buscado del mundo no significa el fin de la corrupción y la delincuencia en México. Aunque la recaptura de Guzmán Loera pone fin a uno de los episodios más dolorosos de la Presidencia de Peña Nieto, es necesario exigir que las autoridades continúen adelante en la lucha contra la inseguridad y la falta de Estado de Derecho. En esta lucha, por cierto, continuará destacando el papel de la Marina Armada de México, la expresión más clara de capacidad, talento, disciplina y confiabilidad en nuestro país. 

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