La historia, ya lo he dicho, siempre se repite. Primero como
tragedia y después como parodia.
El viernes pasado, tras un enfrentamiento a balazos con
elementos de la Secretaría de Marina, Joaquín Guzmán Loera fue recapturado en Los Mochis, Sinaloa. Esta es la tercera captura del capo, luego de que en
2001 se fugara del penal de Puente Grande, Jalisco, y de que a mediados del año
pasado se escapara de la cárcel de máxima seguridad del Altiplano.
Las osadías de El Chapo no sólo significaron una
humillación para los equipos de trabajo de Vicente Fox y Enrique Peña Nieto, también
representaron una vergüenza nacional al poner en evidencia la debilidad de las
instituciones mexicanas. El desafío, no obstante, se pagó con la misma moneda:
el viernes por la noche el Gabinete de Seguridad mostró ante las cámaras de
televisión a un animal sometido. Las autoridades querían demostrar lo dicho en el
espectáculo de medios montado previamente: no existe delincuente que esté fuera
del alcance del Estado mexicano.
Cuando parecía que el espectáculo se terminaba para dar
pie a una discusión seria y profunda con respecto a las ventajas o desventajas
de la extradición de Guzmán Loera a Estados Unidos, la revista Rollling Stone publicó en su portal de
internet una conversación con el prófugo. Se trata de una entrevista que el
actor estadounidense Sean Penn le realizó a El Chapo en octubre de 2015.
Lo publicado por Rolling
Stone resulta muy interesante, no sólo porque se trata de la primera
entrevista que ofrece El Chapo en más de 20 años, sino porque en ella se pueden
apreciar características de la personalidad de este delincuente. Por ejemplo,
en una parte de la entrevista se puede leer que Joaquín Guzmán se jacta de que
él “abastece más heroína, metanfetaminas, cocaína y mariguana que nadie en el
mundo”.
Aunque la entrevista es un buen esfuerzo periodístico, a mi juicio lo más interesante no son las respuestas concretas a las preguntas de Sean Penn,
sino las referencias a la debilidad institucional de México. En particular, me
refiero a las sugerencias que el entrevistador hace con respecto al Ejército y a
los comentarios que Guzmán Loera supuestamente desliza con respecto la
industria del petróleo.
En el primer caso, escribe Penn, “Y luego, mientras parece
que estamos a la entrada de Oz, la cima más alta visible a nuestro alcance,
llegamos a un punto de revisión militar. Dos soldados uniformados, con armas
listas para ser usadas, se acercan a nuestro vehículo. Alfredo (hijo de Joaquín
Guzmán) baja la ventana; los soldados retroceden, se ven apenados, y nos
permitan pasar. Wow. Así que esto es, el poder del rostro de un Guzmán. Y la
corrupción de una institución”.
En el segundo, escribe Penn, “él (Joaquín Guzmán) nos
sugiere que consideremos cambiar de camino profesional al negocio del petróleo.
Dice que ambicionaría entrar al sector energético pero sus fondos, al ser
ilícitos, restringen sus oportunidades de inversión. Cita (aunque pide que no
se difundan) una multitud de grandes corporaciones corruptas, en México y en el
exterior. Menciona con desdén muchas que han servido para lavar su dinero y que
toman, de manera cínica, una rebanada del pastel del narcotráfico”.
En este contexto, de tragedia y parodia, debemos entender
que la captura del que fuera el delincuente más buscado del mundo no significa
el fin de la corrupción y la delincuencia en México. Aunque la recaptura de
Guzmán Loera pone fin a uno de los episodios más dolorosos de la Presidencia de
Peña Nieto, es necesario exigir que las autoridades continúen adelante en la
lucha contra la inseguridad y la falta de Estado de Derecho. En esta lucha, por
cierto, continuará destacando el papel de la Marina Armada de México, la expresión más
clara de capacidad, talento, disciplina y confiabilidad en nuestro país.
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