La crítica como valor esencial para desprenderse de la inmediatez. Se trata, nos explicaron en el primero día de clases en la Universidad, de tener la capacidad de observar la realidad y emitir un juicio sobre lo que debe cambiar. Todo es perfectible y sólo a partir de la crítica inicia nuestra aspiración para alcanzar la perfección.
Durante los años de mi vida universitaria procuré llevar al límite el ejercicio de este valor. Lo hacia con argumentos poco claros y elegantes. Lo más destacable era la actitud, no solamente la mía sino la de una gran mayoría de universitarios, con la que exigíamos una vida, una sociedad, un país y un mundo mejores.
Terminé los estudios universitarios y me embarqué en el mundo laboral. No fue fácil adaptarme a mi nueva realidad. Las formas y el lenguaje eran (y son) diferentes. Las irresponsabilidades y los errores se pagaban (y se siguen pagando) muy caros.
Hace un año, en medio de un proceso electoral hasta ese entonces mediocre, vi la transmisión en línea de la visita del candidato presidencial del PRI a la Ibero. El encuentro se desarrolló en una atmósfera tensa pero aceptablemente respetuosa. Tras una exposición gris y una serie de cuestionamientos mal articulados, parecía que Enrique Peña Nieto saldría sin mayores complicaciones de aquella aduana. No obstante, hacia el final de la presentación el aspirante presidencial decidió tomar el micrófono para responder a los severos cuestionamientos de algunos estudiantes.
El tono lleno de soberbia, pero sobre todo los términos de la respuesta, exacerbaron los ánimos de los universitarios. Las consignas y los gritos contra Peña Nieto aumentaron hasta desbordarse. Ya no sólo eran los estudiantes que en un principio habían manifestado abiertamente su rechazo al priísta, ahora era toda la Universidad la que repudiaba al candidato.
La respuesta de Peña Nieto y algunas reacciones inoportunas de su equipo de campaña en el momento en que se suscitaban los hechos, exponían las brechas que existen entre los jóvenes y nuestra clase política. El viernes negro, como se le conoce a este episodio de las campañas presidenciales de 2012, demostraba, también, que el candidato del PRI era vulnerable.
Las repercusiones de la desafortunada visita de Peña Nieto a la Ibero trascendieron cuando los principales noticieros de televisión y ciertos diarios de circulación nacional mal informaron sobre los eventos del viernes negro. En su afán por ocultar las diferencias que habían expuesto los jóvenes universitarios, los medios de comunicación abordaron el evento desde una lógica que jamás ocurrió. Lo hicieron con la serenidad y la visión con la que se diseñan las estrategias de negocio.
Al ocultar el enojo universitario, estos medios de comunicación expusieron las brechas que existen entre los jóvenes y ellos.
Después de la visita de Peña Nieto a la Ibero, las cosas cambiaron. En el contexto electoral la distancia entre el candidato del PRI y el del PRD se redujo. La sociedad mexicana se entusiasmó. En la agenda nacional, la democratización de los medios y la reforma política se volvieron una prioridad.
Por aquellos días de campaña, muchos intentamos analizar e interpretar al movimiento de jóvenes universitarios que surgió a partir del viernes negro. Recuerdo que en esta tarea, me resultaba fascinante ver la creatividad de los jóvenes y la forma en la que desafiaban a la clase política y a los medios tradicionales de comunicación.
Sobra decir que fracasé en mi intento por descifrar a los jóvenes. No me sentí mal por ello. Al contrario, nunca dejé de admirar su vida, originalidad y frescura. Eran estos atributos los que me permitían sentirme representado en sus demandas.
Ahora que se cumple un año de aquella coyuntura, tengo la certeza de que los jóvenes que participaron y participan en el movimiento cumplieron puntualmente con una responsabilidad histórica. Su ímpetu y valentía obligó al hoy Presidente a incorporar en la agenda del país los temas por los que los universitarios se movilizaron.
En cuanto a lo que le depara a este movimiento, sería ocioso argumentar y discutir sobre su futuro. Basta con recordar que la crítica es un valor inherente que define la actitud de los jóvenes. Permanecerán o vendrán otras generaciones que descubran que la crítica nos enseña a soñar.
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