Brasil es el campeón de la Copa FIFA Confederaciones y un
líder global. Entre 2000 y 2010 su economía creció a un promedio anual de 3.7%,
ligeramente por arriba del crecimiento de América Latina, que en el mismo periodo
registró un aumento de 3.0% en su PIB. El “milagro económico brasileño” fue, por
lo menos hasta hace poco, motivo de admiración a nivel internacional y razón
suficiente para que el economista Jim
O'Neill considerara a la nación sudamericana como una de las potencias
emergentes que dominará el siglo XXI.
El crecimiento económico brasileño de los primeros años
del nuevo siglo se acompañó con medidas sociales acertadas. Los presidentes que
gobernaron al país en este periodo, Fernando Henrique Cardoso y Lula da Silvia,
implantaron un proceso de inclusión social que permitió que 20 millones de
habitantes dejaran la extrema pobreza. Las políticas públicas de izquierda permitieron, también, que el salario mínimo creciera más de 60%
y que el desempleo se redujera a mínimos históricos. El éxito del proyecto modernizador
de Brasil se vio reflejado, además, en el aumento de la matrícula
universitaria.
A las mejoras económicas y sociales se sumaron los éxitos
en la industria petrolera. En esos años, la petrolera del Estado, Petrobras, anunció
importantes descubrimientos de hidrocarburos en aguas profundas de Brasil. Con
estos hallazgos las estimaciones de producción de petróleo se elevaron
rápidamente y muchos inversionistas decidieron invertir en la nación carioca para
aprovechar las oportunidades que ofrecía la industria.
El panorama del país, no obstante, empezó a deteriorarse tras
la crisis económica mundial de 2008-2009. Producto de la desaceleración mundial
y del impacto sufrido por muchas naciones con las que Brasil mantiene
relaciones comerciales estrechas, la economía brasileña vio reducir su
crecimiento económico de forma considerable. El PIB del país, que en 2010 había
aumentado 7.5%, creció solamente 2.7% en 2011 y 0.8% en 2012. En contraste, América
Latina reportó un crecimiento de 4.5% y 2.9% en 2011 y 2012, respectivamente.
En este contexto de reducción económica, a mediados del
mes de junio miles de jóvenes salieron a las calles en Brasil para protestar contra
el alza en las tarifas del transporte público. Las manifestaciones, que
coincidieron con el inicio de la Copa FIFA Confederaciones, fueron sumando apoyos
y fuerza con el paso de los días. Las demandas dejaron de enfocarse exclusivamente
a los servicios públicos y se abrieron a temas como la corrupción y la educación.
El gobierno de Dilma Rousseff, al ver la vitalidad y fuerza
de este movimiento, decidió dar marcha atrás al alza de las tarifas
del transporte público. También se comprometió a emprender una reforma política
para atender las otras demandas de los manifestantes.
A pesar de la voluntad mostrada por el gobierno, la crisis
social que vive Brasil está lejos de resolverse. Los reclamos de los jóvenes, y
de todos los demás sectores que apoyan estas manifestaciones, no habrán de
solucionarse con tarifas públicas más baratas ni con apoyos educativos. En el
fondo, será necesario que la clase política del país sudamericano logre que el
crecimiento económico se traduzca en mejores condiciones de vida.
Hoy los problemas de Brasil no pasan por el tema económico,
más bien tienen un carácter político. Parecería que los gobernantes no han
tenido la capacidad para leer y entender las aspiraciones de los gobernados. No
sólo eso, tampoco han tenido el decoro de ejercer el poder con honestidad. Al
igual que en muchos otros países, la clase política brasileña vive envuelta en
escándalos de corrupción.
Lo que pasa en Brasil debe servir como ejemplo para
México. Nuestro gobierno debe procurar el crecimiento económico como instrumento
para mejorar las condiciones de vida de los mexicanos. En este camino, nuestros
políticos deberán estar conscientes de que nuestra sociedad está más informada,
es más participativa y no tolerará actos de corrupción.
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